Ella lo había pateado primero, según las crónicas, cometarios y chismes, sutilmente maliciosos por cierto: pobrecito, tá bien que no era una joyita de marido, pero como padre no hay otro igual desde San Martín; ja, hay que ver cómo se las arregla sola ahora sin que él se haga cargo de los niños, lo cual la llevó a la pregunta oblicua: ¿Los niños son una carga?
Ella siguió camino, ruta, avenida, autopista, senda, calle; pavimentadas a estrenar, de tierra en buen estado, pavimentadas a lo gestión Giacomino, de tierra a lo Salibi, bacheadas imprevistas, varias hechas de mierda, otras que empezaban de lujo y terminaban de subdesarrollo.
Él (según ella) primero se quedó parado nomás, en pampa y la vía, después arremetiendo cada vez y corneando a matar.
Ella puso el pecho, quién la manda. También el resto del cuerpo, por qué no el alma, sumémosle los sueños y añadimos los proyectos.
Como se manda solita un buen día dijo: ooosooo, y se echó a descansar; dejó la omnipotencia en manos de los que saben transformarla en abono y ahora trata de no tener más mano asesina con sus plantas, les vino bien la bosta procesada.
Así es que él decide dar media vuelta, meterse los cuernos donde le plazca y olvidarse de ella, de ella en la pelea, la violencia y el maltrato. Y se acuerda o se le canta un ella sin ella, un recuerdo de varios años con hijos bien deseados, buenos modos mejores formas lindos deseos.
Finalmente la dejó, como ella deseaba, pero a ella le cayó como patadón en la nuca.
¿Quién entiende a las mujeres?
No hay comentarios:
Publicar un comentario